Libros de la biblioteca

Yo nací y me crié en un pueblo. La escuela era un pequeño local, donde había dos estanterías atiborradas de libros. En esos años me zampé la colección completa de El Barco de Vapor (la azul y la roja, cuando llegaron yo ya era mayor para la blanca), junto con las de Tintín, Érase una vez el hombre, Guillermo el travieso y muchos otros más.
Años después, al mudarme de pueblo y de colegio, también acabé con las existencias de la nueva biblioteca, que todo hay que decirlo, no estaba ni la mitad de equipada que la de la escuela.
Más tarde, en el pueblo construyeron una biblioteca. Un edificio entero lleno sólo de libros. Cuando entré allí por primera vez casi me dio un ataque de ansiedad porque quería leerlos todos a la vez y no sabía por cuál empezar. Esa sensación todavía la tengo cuando piso una nueva. Investigar qué títulos tienen, encontrarme con libros que había leído hace años como quien se encuentra con un viejo amigo.
Hoy puedo comprarme todos los que quiera, incluso tengo un libro electrónico. Pero sigo yendo a la biblioteca, y saco libros. No tantos como quisiera, porque no tengo tiempo. Y llevo a mi hija conmigo, porque es uno de mis grandes placeres y quiero compartirlo con ella.
Este es el último que he sacado. Anda por casa detrás mío, a salto de mata, aprovechando cualquier momento para pegarle un par de mordiscos: 
El Primer Ministro de Enrique VIII, Thomas Cromwell, cuenta de la historia de Ana Bolena. Me tiene tan enganchada que si al final hoy vamos a la Fnac, me lo compro.
Mi hija es una suertuda y los saca de cuatro en cuatro:
 


 ¿Alguien más enganchado a una lectura? ¡Feliz fin de semana!





 

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